Día 9. De Cazatesoros a Me llamo Earl

 

 

Los 3 días que pasamos como cabras montesas finalizaron de la forma que se me antoja más puramente canadiense que pudiera imaginarse.

Teníamos reservado un B&B en un pueblecito llamado Valemount, y lo que nos encontramos al llegar fue auténtico como poco. Lamentablemente no hay muchas fotos de los momentos vividos pero intentaré, y más porque no es el día que viene especialmente reseñable, describir detalladamente.

 

Y empiezo por el pueblo. En esas zonas rurales los pueblos no son para nada como los nuestros, son tal y como se ven en las pelis donde desaparecen niñas, descuartizan a la gente y el domingo van a misa todos de limpio. Llegas y hay una calle perpendicular a la carretera con unos cuantos comercios, tal vez una gasolinera, y casas desperdigadas cada cual con su vallita de madera, sus flores, su leñera hasta las trancas y sus varios graneros o cobertizos llenos de cachivaches de los que Sheldon and Scott, los cazatesoros de Calgary, buscan y compran a matrimonios joviales.

 

 

Así era nuestro “hotel” y nos recibió al llegar el bueno de Maurice, tumbado en su mecedora dormitando la tarde, nos recibió con una más que amplia sonrisa y se unió desde dentro de la casa Sylvia, su mujer para enseñarnos una de las 3 habitaciones que tenía el alojamiento, la nuestra. Parecía la habitación a la que vuelve el de la peli en vacaciones de su universidad americana hasta su casa familiar en minnesotta. Después charlamos un rato (realmente eran de conversación) mientras nos preguntaban que a qué hora queríamos desayunar, ya que Maurice nos preparaba los huevos, el bacon, las salchichas, etc… en el momento. Mejor imposible. Un día con nuestros tíos del campo que a tenor de los teclados con partituras de piezas de misa y el rótulo en madera sobre la salita de estar “All we are childrens of God” parecía sugerir que eran los que “controlaban” una de las 6 o 7 iglesias que había en el minúsculo pueblo.

 

Los dejamos tras acomodarnos y fuimos a comer algo al, llamemos, “centro”, encontrando un extraño restaurante de comida china y del oeste donde optamos por el eclepticismo de una ensalada césar y un sandwich club. Inmenso como casi todo allí.

 

Volvimos cayendo la tarde y los amigos nos dicen que, ya que esa jornada coincidía, 1 de Julio, con el día nacional, sobre las 10:30 habría fuegos artificiales y que desde el porche podríamos verlos. Pensábamos que estaríamos fritos a esa hora pero al primer Pum!! salimos y, de verdad, no os podéis imaginar la sensación de estar en un porche con su mecedora mirando un cielo matizado en mil colores de un sol que se acaba de poner tras la secuencia formada por la hierba, y tras ella la valla, y tras ella el camino, y tras él los árboles, y tras ellos las montañas y entre medio unos humildes fuegos engrandecidos por el eco de Robson Mountain y sus amigas aun tachonadas de nieve, con el olor de la pólvora quemada y miro a mi izquierda y pienso de qué marca será el coche cuya capota asoma enterrada en la hierba a modo de entrada a un bunker. Podríamos habernos quedado a dormir ahí mismo si no fuera porque la diferencia de temperatura entre el día y la noche y la cama king size nos atrajeron a cerrar los ojos para, puntuales por ser consecuentes con nuestro cocinero, disfrutar a la mañana siguiente de un suculento breakfast y ser despedidos con un God bless you por nuestros anfitriones para el último gran trayecto en coche hasta Langley city, lugar pionero por ser puesto de avanzadilla para tratos con los nativos (de hecho todo el camino era por reservas nativas) al estilo de Bailando con Lobos pero que para nosotros no era más que un Motel al más puro Earl and Randy’s home donde entre gente y bigotes de lo más variopinto y encafeinarnos con esa sana costumbre canadiense del café de cortesía a discrección, dormimos una muy corta noche y tras un buen desayuno hicimos los últimos 60 kms hasta el Vancouver International Airport para entregar el coche, pasar 10.000 controles por aquello de digirirnos a suelo Americano y escribir esto mientras esperamos un avión que sale con retraso porque nuestro vuelo va a un aeropuerto ahora pseudocolapsado por rayos, truenos, tornados cercanos y una tormenta llamada Arturo que está en Carolina del Norte y va parriba con rápidez, qué divertido y americano todo!…..ejemmmm.

 

Nos vemos en Manhattan, o en las noticias. 😉

 

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Días 6, 7 y 8. Welcome to paradise

Esta entrada, a la vez que tardía y agrupada, será parca en palabras y abundante en fotos. No voy a resumir cronológicamente lo que hemos estado haciendo y viendo. Sólo unas palabras y al turrón.

De este viaje una cosa era segura. Íbamos a volver a Nueva York a disfrutar, esta vez en compañía, de esa ciudad que me enamoró hace tres años. El resto del viaje no teníamos claro a donde sería. Tal vez a la costa este de USA y terminar en Florida viendo a la familia, tal vez regresar al suroeste o quizá Chicago y el este de Canadá. Pero resulta que Lukre un día me manda un mensaje diciendo, mira esto que he visto, y un artículo hablando de la considerada por muchas opiniones la ruta en carretera más bonita del mundo. Se llamaba Icefields Parkway y se encontraba en las Rocky Mountains canadienses, al oeste de este gran y hermoso país, concretamente en el estado de Alberta. Los ojos se me salen y bicheamos a gusto el tema y descubrimos, de los muchos que hay, tres parques nacionales entre Alberta y la Columbia Británica, a saber: Yoho, Banff y Jasper.

Vancouver fue añadido posteriormente y nos alegramos de qué manera como ya se ha explicado en capítulos anteriores, pero ahora tocaba ver el paraíso natural con los propios ojos. Lo vimos? Juzguen ustedes. Las fotos no son la mitad de la mitad de lo que se siente, como ya se sabe, pero creo que darán una buena idea de cuanto allí disfrutamos. Las ordenaré por lugares y empezaré con una categoría llamada

BICHOS

 

 

 

 

 

 

 

LAGOS:

– Esmeralda

 

 

 

 

 

-Louisse

 

 

 

– Moraine

 

 

 

 

– Bow

 

 

 

– Peyto

 

 

CASCADAS Y CAÑONES

-Puente natural (no recuerdo el río)

 

 

 

 

-Takakaw

 

 

 

 

 

-Cañon Johnston

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-Saltos desconocido por la Icefield y Banff

 

– Sunwapta

 

 

-Athabasca

 

 

Montañas y Glaciares

 

 

 

 

Gran Glaciar en Icefield, subir hasta ahí fue una odisea pero mereció la pena

 

 

Y para despedirnos:

 

 

Día 5. Yo para ser feliz quiero un camión

 

 

La jornada de nuestra despedida de Vancouver y entrada en el edén que supone las Montañas Rocosas Canadienses no me permite ofrecer gran cosa en cuanto a ruta. Afortunadamente sí en cuanto a anecdotario, y empiezo a las 8:00 am hora de una ciudad de la que nos hemos enamorado y que abandonamos con recuerdos imborrables. Teníamos por delante una jornada muy larga de carretera que se convirtió en larguísima por muchos motivos.

 

El primero, la velocidad. Pongo en situación. La Highway 1 es una ruta que atraviesa el ancho del país idem y era nuestra pista para atravesar BC (estado de British Columbia) hasta la frontera con Alberta, donde teníamos reservado alojamiento en pleno parque nacional de Yoho. Esta ruta, como ocurre en USA, no define una carretera en sí misma, sino distintas formas. No sé si me explico, pero creo que sí. De ese modo, hay zonas de lo que sería una autopista, otros tramos se convierte en un carril para cada sentido,… En total, salvo un pequeñísimo tramo marcado a 110 kms/h la velocidad máxima basculaba entre 90 y 70, velocidad que medianamente respetamos y que, en una ruta de más de 800 kmts te está avisando de que tengas paciencia y hagas buen uso del control automático de velocidad. Al final echamos 14 horas de viaje, pero eso también responde a las otras circunstancias que vienen tras este punto y

 

Aparte, nuestro espíritu ratilla nos tuvo un rato dando vueltas.

 

Salir de Vancouver fue rápido, y se sucedían poblaciones en lo que podría llamarse una muy gran área metropolitana, más o menos hasta Langley, lugar del que no hablaré porque volveremos el día previo a nuestra partida a New York. Un gran río cuyo nombre no creo importe se interponía entre nosotros y el resto de un camino ya más natural y el puente que lo atravesaba era de peaje. No fue por no pagarlo, sino porque con los coches de alquiler tengo cierto reparo en encontrarme con sistemas de pago automáticos y otras zarandajas que por un despiste te puedan provocar un navajazo en la tarjeta cuando ya estés en casa ordenando fotos, decidimos buscar una alternativa que el Gps se empeñó en poner difícil de cojones. No me enrollo mucho, pero nos hicimos expertos en la zona hasta el punto de mandarlo a paseo y terminar pasando por nuestros medios. El coste: tiempo y gasolina, pero en ese momento ambas cosas nos sobraban.

 

En ese momento.

 

Unos cientos de kilómetros adelante, entre campos de berries de lo más variado y auténtico entorno de “Cazatesoros Canadá” nos entra hambre y en la duda de si parar a comer o a comprar alimento para autosatisfacción vemos un WalMart que era el polo positivo para el negativo que es en esencia mi frikismo por “vivir” tópicos culturales ajenos y allí que fuimos con nuestra cestita en ese inmenso centro al grito de Robin Servastky “let’s go to the mall, today!!!”

 

Fue un acierto en muchos sentidos. Hemos estado comiendo 2 días con la compra de entonces, y aun nos quedan unas pringles marca blanca que por 1$ os juro que no tienen nada que envidiar a las del pop ya no hay stop. Cómo no, salí de allí con un bote de peanuts butter (mantequilla de cacahuete) que es la cosa más pastosa/empalagosa que he comido nunca sin tener un gramo de azúcar. Chacina de verdad queso pa morirse y además se nos encendió la bombilla y buscamos lo que Luk, la de la cuenca minera, Campanario llama Chambergos, que vienen a ser chubasqueros de toda la vida y que os juro es la compra más acertada que he hecho desde mi primera caja de Prime. Ya están amortizados de sobra (los chubasqueros, no los Prime…ok) eso que la simpática cajera se olvidó de cobrar y que como buenos avergonzados de la cultura española le hicimos notar antes de salir que lo que es mío es mío y lo que no, no. El karma siempre sonríe, y a quien no, que se lo haga mirar. Paramos unos kilómetros más adelante en un bar de moteros a satisfacer nuestros habrientos estómagos y seguimos adentrándonos en zona montañosa, nublada, amenazante y lluviosa, por ese orden.

 

Ya en plena naturaleza llegamos a Revelstoke mirando la gasolina. Nos quedaba aun un cuarto de depósito pero era el primero de un coche desconocido, y sabéis cómo va esto. Paramos para un café habiendo decidido llenar el depósito por estar tranquilos. Salimos del pueblo y decimos… Anda! Al final se nos ha olvidado echar caldo… Bueno, por cómo ha ido hasta ahora la aguja no habrá problemas…. De repente un cartel que ya podían ponerlo en el pueblo y no varios kmts alante… Check your fuel. Next gas station: 150 kmts… Comor?!, qué hacemos?..La luk como siempre acojoná y yo que aun tengo sentido común le digo que tranqui que llegamos sin problemas…. 30 kmts después la reserva se enciende como si el oculista le dijera a Sauron, abra usted el ojo todo lo que pueda que voy a examinarlo con una lente de aumento. Ups!! Qué hacemos?? Lukre no recuerdo lo que hizo porque yo estaba a lo mío, es decir, metiéndome mi sentido común por el ojal y ambos buscamos dónde dar la vuelta en redondo porque no llegábamos ni de coña…

 

Perdimos entre ida y vuelta otros 70 kmts y, of course sin saber cómo de fiable sería en realidad esa reserva llegamos de nuevo a Revelstoke con la aguja en una E de Empty que yo asociaba con Estásjodidocabrón o Empiezaarezar pero no. Llegamos, surtimos y jugamos a los personjes para hacer mas liviano unos últimos 200 kmts que, en noche cerrada nos dejaron reventados en The Great Divide Lodge donde el karma nos regaló unas vistas al lago que no teníamos contratadas y una acogedora bienvenida en un lugar de ensueño.

 

Compensando pues el espíritu rata del comienzo nos gastamos otros 15$ en 2 birras locales que supieron a lágrima de elfa enamorada y, tras comprobar que la hora había cambiado (1 hora más o lo que es lo mismo una hora más cerca de la española) a la 1 y pico terminaba de escribir la entrada anterior a esta y caía rendido. Luk dormía plácida sabedora de que lo que ahora viene es SU viaje, porque ella lo vale y se lo merece, y yo, me lo llevo calentito.

 

Amen.

 

Día 4. Conduciendo

 

El último día en Vancouver estaba previsto visitar la zona norte, al otro lado del río, por lo que en nuestro planning adelantamos la recogida del coche de alquiler para esa mañana por lo que tuvimos que levantarnos temprano para ir hasta el aeropuerto y recogerlo.

 

Tras el desayuno en el hotel fuimos caminando hasta City centre para coger de nuevo la canada line, el airtrain que bajaba hasta Richmond y por ende el aeropuerto. Recogimos con el pufo acostumbrado del seguro sin franquicia, asistencia en carretera y tal que siempre te intentan colar… pero en los viajes al extranjero preferimos evitar, más que problemas, inquietud mental, así que pagamos el plus y palante. El coche, que será nuestro amigo durante el resto de nuestra estancia en el país del Arce, fue mejor de lo esperado. Un Corolla nuevecito con todo lo que pudiéramos necesitar. Perfecto y palante una vez refrescado el tema del cambio automático.

 

Y salimos, ya con el agua cayendo, pues como se adelantaba la noche anterior iba a ser un día con intervalos lluviosos en pos del Lion Gate Bridge, así que cruzamos de nuevo Stanley Park, esta vez por asfalto y atavesamos el imponente puente con sus leones/porteros en pos del primero de los highlights del día, el Lynn Canyon Park.

 

Aquí un inciso. Lo normal que se suele hacer al visitar Vancouver como dicen todas las guías y toda la gente es ir al Capilano, donde se encuentra el puente colgante más largo del mundo, o más alto, no recuerdo. Pero a nosotros nos gusta poco ese tipo de “atracciones” llenas de hordas de turistas como nosotros, haciendo cola para cada rincón a fotografiar, aparte, y eso también influye, que la entrada por cabeza son 35$. En cambio sabíamos que o demasiado lejos estaba el Lynn, público, gratuito, menos visitado y para nada desdeñable, con su también imponente “suspension bridge” y su maravilloso entorno. Y allí que fuimos con la mosca detrás de la oreja por la lluvia a ratos intensa para encontrar una gozada de parque que, desde aquí, recomiendo a quien siga nuestros pasos en pos de la menos turística costa oeste canadiense. Como siempre no me extiendo en descripciones importantes (sólo me enrollo en las estupideces), os dejo una buena batería de fotos para haceros una idea aproximada del tema.

 

Llovía si, y no íbamos preparados para ello, pero era tan frondoso que la protección era casi constante y echamos unas buenas horas andando, subiendo y bajando y sudando la gota gorda.

 

El pájaro carpintero que nos recibió al llegar aun seguía allí cuando nos despedimos de él para buscar el otro gran momento del día.

 

Y aquí he de hacer un público reconocimiento de frikismo porque desde que vimos el BBQ Tomahawk en el extinto canal Explora nos propusimos comernos el legendario Beef Dip costara lo que costara y allí que fuimos, no sin dificultad pues era una zona donde el gps se volvió loco y nos llevaba a calles cortadas, a desvíos infructuosos hasta que al final lo localizamos y cumplimos el sueño de ir donde nuestro televisivo amigo Adam nos enseñó y tantos premios gastronómicos adornaban sus paredes junto a toda suerte de totems. Fue auténtico, aunque escaso para lo que imaginamos, absolutamente delicioso.

 

Volvamos a la ciudad pues… Que que? Que el único felino puente que comunica con ella está atestado en la rush hour (hora punta)? Ajo, agua y paciencia y con los 3 ingredientes nos plantamos en nuestro hotelito para pasar fotos, escribir diarios, beber café hasta ponernos cetrinos y terminar el día y la última noche en Vancouver, cómo no! en nuestra playa querida, para volver pasando por un market a por las socorridas galletas con chips de chocolate para el postrero desayuno y larga jornada de coche del día siguiente, que es hoy, o mejor ayer porque son ya la 1:14 am hora de Calgary (hemos cambiado de zona horaria) y aquí en plena naturaleza, tan plena que cuesta imaginarlo, lo único que deseo es terminar esta corta entrada y cerrar los ojos. mañana toca mucho y temprano, y se contará en su momento, pero el próximo es el viaje hasta entonces…

 

…eso, hasta entonces.

 

Día 3. Pedaleando

Cuando varios meses atrás decidimos y planificamos este viaje, una de las cosas fijas era dejar un día completo para alquilar unas bicis y pasarlo en Stanley Park. Más que parque, bosque al noroeste de la ciudad, con toda suerte de atractivos para el visitante de la chancleta que somos. La tarde anterior habíamos visitado varios rent a bike y teníamos decidido uno que por 20$ la burra nos la ofrecía all day con todos sus accesorios (casco, cesta, candado…) así que a las 9:30 estábamos allí listos para el tema. Luk feliz con su bici lila y yo también emprendimos el pedaleo hacia Stanley. Sería costoso describir el lugar, una maravilla llena de fauna, lagos y por supuesto mil carriles pero en primer lugar queríamos rodearlo por el principal que bordea por el mar (como dije en la entrada anterior, el parque es una península que corona la otra península que es en si misma el centro de Vancouver, y su mayor lago se encuentra en el istmo a modo de entrada oficial.

 

Decía, pues, que ibamos a rodearlo y elegimos el sentido contrario a las agujas del reloj. Craso error pues al llegar a la llamada tercera playa encontramos que dicho carril era de único sentido. Nos extrañó porque era muy ancho, con dos vias diferenciadas, una para ciclistas y patinadores, y otra para caminantes.

Sea como fuere y tras un amago de carrileo por el bosque interior tomamos de nuevo el mar y nos incorporamos para hacer la ruta en el sentido adecuado. Pasamos pues de nuevo por el lago/entrada (lost lagoon) y empezamos a virar con el camino al norte para detenernos en el popular parque de los totems, impresionantes muestras (creo que son réplicas) del arte nativo.

 

Seguimos y la isla se cerraba sobre la ciudad de modo que pudimos obtener unas vistas más que recomendables del downtown al otro lado del agua. En medio el puerto deportivo, o uno de ellos y seguimos hasta pasar por debajo del grandioso Lion gate Bridge, puente que comunica la ciudad con el norte, y que tomaríamos al día siguiente.

 

De ese modo llegamos a lo que sería mar abierto si no fuera porque allí a lo lejos imponente está toda la franja formada por la isla de Vancouver, que por extensión bien podría ser otro estado diferente. En ese preciso momento nos damos cuenta del porqué del sentido único. Esa zona es escarpada y apretada entre la roca y el mar abajo con lo que el carril se estrecha llegando al punto de unirse al peatonal en algunos tramos. De hecho aun sabiendo del sentido único daba miedo tomar alguna curva cuya pared se encimaba y ya te imaginas chocándote con uno de frente y volando ambos por el barranquillo al grito de “sinomematoenlasrocaselaguamevaadejarmongodefrio”.

En fin, que rodeamos el parque y decidimos seguir por la costa sur para rodear la ciudad pero tanto pedalear y con solo un cafe en el cuerpo (ah! Se me ha olvidao lo del café, dentro de 2 frases lo explico) decidimos ir a comprar algo que meternos en el body y en un 7eleven lo encontramos.

 

Lo del café: Los norteamericanos como ya sabréis le dan al café como si fuera agua… bueno, de hecho es prácticamente agua pero con chirri y aunque nuestro hotel no tiene servicio de papeo tiene una sala de estar la mar de mona con café y té para relajarte en cualquier momento del día. La primera mañana nos fuimos a desayunar por ahí pero este día nos tomamos el café en el hotel y decidimos que lo suyo era comprar dulces y el resto de mañanas desayunar en el mismo hotel. Este lobby se ha convertido en nuestro lugar ideal para relajarnos, leer, escribir y meternos dosis de cafeína a discreción.

 

Bueno, estábamos comiendo en el 7eleven un par de dulces que podrían parecer como los que nos comemos en España, si no fuera porque al segundo bocao te das cuenta de por qué Norteamérica controla el precio mundial del azúcar. Yo creo que iba a partes iguales con la harina (nota mental: otro tema del que hablar en la entrada final de reflexiones, el sistema de alimentación).

 

Todo esto venía, aunque le despiste con temas de importancia vital sin los que no dormiría tranquilo esta noche, a que tras esta parada sin recordar ahora por qué dimos marcha atrás hasta el/la

 

A)Union parque/ciudad

B)Itsmo

C)Cuello de Antonio el del Rocío

D)Coronilla de Chicote

E) Lost Lagoon

F) Todas las respuestas son correctas

 

Y bordeamos la ciudad, esta vez por el norte hasta Canada Place, la parte del puerto también llamada Waterfront (será porque está in front of the water) y allí decidimos urbanizarnos y cruzar la city por el medio parando a mitad camino en la Vancouver Art Galery para echar un pito en sus escaleras entre el olor a peta circundante pues es una zona alternativa y ya se sabe que lo alternativo es más previsible que la programación de tele5, estés en Vancouver o en Pablo Rada, el cliché es universal, a excepción de la flauta, que es intercambiable por otro artilugio.

 

Bueno, me quito el bigote hitleriano en honor a mi amiga MamaLouise y seguimos pedaleando hacia el sur para, de nuevo en la costa llegar a David Lam Park y, con el plan perfectamente trazado, ir al mercado ese de ayer y comprar viandas varias para comer en el césped… Bueno, en un poyete que estoy viejo hasta pa eso, que pena de cuerpo rancio que tengo mon dieu.

 

Disfutamos del yantar y cual Perrico Delgado volvimos a Stanley Park para, esta vez, rular por los trails interiores, un tanto laberínticos y no demasiado propios para nuestras bicis mixtas, pero gozados sumamente. Llegamos a un difícil de encontrar Beaver Lake (el lago del castor), tapizado casi por entero de flora y de cuya fauna castoril no encontramos rastro pero una pareja de abejas mutantes les dio por copular en un radio de mi bici, sin duda contratadas por la dirección del parque para no irse del lago sin una foto animalada.

 

No me enrollo más pues el grueso del día fue eso. Después nos echamos a descansar bajo un árbol un buen rato, vimos unos jardines muy hermosos, devolvimos las bicis y fuimos al hotel para un café y volver a nuestra playa con menos gente que la jornada anterior pues ya se venía viento, nubes y ambiente de avanzadilla a la lluvia que tocaría la siguiente jornada. Nos fiamos de la puesta de sol, porque se hizo a escondidas tras las nubes y con ello nos retiramos pasando, por si el lector lo olvidaba, por un 7eleven para comprar el azucar de un mes de una familia media en forma de bollo para la mañana siguiente. Lo demás, una persona educada no debe contar.

 

A dormir y hasta mañana, en otro medio de transporte. Llevamos Avion, Piernas, Bicicleta,… Qué toca?…. pues eso.

 

Hasta entonces

 

Día 2. Caminando

Día 2. Caminando

 

Como decía la jornada anterior, nos levantamos a una hora moderadamente normal (bueno, Luk se despertó a las 5 pero logró dormitar un poco hasta las 7:30 que pusimos pie en moqueta). Era día de pateo. Para hacer una idea de la caminata que nos pegamos ilustraré al lector del plan de batalla. Tenemos 3 días completos en Vancouver. El primero, éste, trata de descubrir caminando toda la ciudad (entiéndase por ciudad la parte que aparece en los mapas turísticos). El segundo, mañana (que es hoy que escribo que ya dije que voy con un día de retraso) está dedicado a un lugar y una acción, a saber, Stanley Park y pedalear allegro ma non troppo. De eso ya hablaremos el próximo día. Y la tercera jornada tenemos recogida de coche de alquiler para cruzar al norte y ver uno de los parques con puente colgante (Capilano o Lynn) y en general la zona norte de la ciudad, todo al otro lado del río donde, si todo va bien… Bueno, que me enrrollo demasiado y esa historia se contará en su momento.

Retomamos y retrocedemos, que hablamos de nuestro primer día amaneciendo en la ciudad y ubicamos la acción saliendo del hotel Buchan dirección a lo que al final será nuestro lugar para terminar los días, la English bay beach. En ese momento mañanero con muy poco transeunte, lo que permite apreciar mejor el puntazo de idea que resulte de unir lo más abundante del país junto al sirope de Arce, los troncos, y una playa que se oriente a poniente, valga la incongruencia semántica, pero la lengua es caprichosa y pa seguir con la retórica imagínese que en ese momento de siente lo que hará en el tronco la gente, que se siente y mire a poniente y después se levante y… Toda esta mierda a qué viene? A que el primer episodio me quedó por mor del cansancio bastante soso y estoy intentando entrar en mi tocapeloteo habitual y decía, por si tanta tontería le ha despistado, que llegamos a la playa de la bahía de los ingleses y seguimos caminando por el borde del mar y su magníficamente dotado paseo del que hablaré en mayor profundidad mañana y pasamos por English bay ( no, no me he equivocado listillo/a, está “english bay” y también “english bay beach” vale? (léase esto último con pose y careto de Belén la princesa del pueblo Esteban) y seguimos andando hasta llegar al primer puente de los que cruzan al sur y atraviesan ese brazo de mar que hace del Downtown de Vancouver un istmo cual cabezón de Chicote con otra cabeza encima, llamémosla Antonio el del Rocío, que sería Stanley Park, lo que viene a ser un fastrototem que precisamente aquí es tema de moda y precisamente por eso me habrá salido el símil, si en vez de leer eso y ver videos de gatitos mirara el Google maps me y le ahorraría el esfuerzo descriptivo pero como sé que no, pirata, se jode usted que lee y yo que escribo en este odioso invento que es el teclado del ipad.

Por dónde íbamos? Qué angustia chiquillo, voy a echar un piti y vuelvo, te dejo mientras viendo un par de fotos.

 

 

Volviendo al tema, ese brazo llamado, o al menos una parte, False creek, deja ver enfrente la pintoresca isla de grandville pero nosotros al llegar al puente nos metimos hacia la ciudad, al downtown y lo atravesamos en nuestro paseo hasta la otra punta y orilla donde, tras el mar se veía el distrito de North Vancouver, al que iremos el último día como dije. He de decir que la ciudad ya era en ese momento una pasada. Como no podía ser menos la mezcla de urbe y verde es perfecta. Los edificios son casi todos de una factura similar. Metal y cristal, o eso aparentan. Mucha luz es lo que buscan y consiguen, supongo que en un, imagino durísimo invierno, es gloria bendita.

 

Llegamos pues al puerto donde salen muchos ferris, hidroaviones, y demás turístiqueces, así como el transporte de línea por ferri hacia el mencionado Vancouver norte. La zona es preciosa, por lo que ví mucho de lo de esa zona es debido, cual Sevilla en expo, a las famosas olimpiadas de invierno de las que, según se ve, están bastante orgullosos. Esa zona pues lejos de suponer un punto de parada fue el de partida hacia el este y el popular y tradicional barrio de Gastown, según parece la pionera Vancouver o al menos su centro.

 

Hermoso, no sabría muy bien con qué asemejarlo, tenía un punto europeo pero tal vez tenga cierto aire a New Orleans. Nos topamos con su famoso reloj de vapor, funcionando y todo oiga y ojeamos tiendas de souvenirs por fuera, con la idea de volver después para la adquisición de los correspondientes recuerdos a amigos y familiares. Típico, coñazo, pero no por ello poco gratificante.

De allí fuimos a Chinatown (de los orientales y otros detalles ya hablaré en el resumen de Canadá al final) pero decir que el número y forma de personajes que se veían por ahí era de lo más grotesco. Un ambiente que, como calificó la siempre certera Luk por la noche se debía parecer a The Walking Dead. Tremendo y no digo más.

 

Ese camino suponìa poco a poco ir volviendo al sur y así fue, bordeamos el estadio del tan amado Hockey en estos lares, y termina,os en el segundo puente del mencionado False Creek para seguir por el paseo de la bahía hasta el enésimo parque repleto de tomadoras de sol, deportistas, niños, perros, gente lectora y demás fauna envidiable y ahí decidimos que nuestras piernas bien se merecían una cerveza local, a precio desorbitado (ya hablaré de eso) pero deliciosa. En las cercanías descubrimos un super gourmet que tenía de todo y, si olvidamos el sangramiento de bolsillo, increíble. Pensamos en comprar ahí y comer en la calle pero los precios, a primera vista, nos tiraron patrás (aunque al díamsiguiente lo hicimos). Así que con hambre atroz seguimos bahia hasta casi el final donde empezó la gran racha de acontecimientos afortunados:

 

Todo empezó frente a un edificio supermoderno que Luk dice: mira un casino, y por costumbre y querencia añadió: no vas a comprar una ficha?. En este punto resaltar que efectivamente como aficionado friki que he sido he ido recopilando fichas de la mayoría de casinos domde he estado, de 5€ o $, que comparten tamaño, forma y en el 95% de los casos el color rojo.

 

Dije, bueno, ya he perdido mucha afición así que me da lo mismo pero me animó y entramos para decirle al recepcionista si podía pasar a comprar una ficha para mi colección, porque en algunos lugares cobran, para evitarlo, y en otros directamente no me hubieran dejado entrarcon la facha chancletera que llevaba pero nada más lejos, me pregunta si voy a jugar y digo que no y me dice que palante, que se cambia en las mesas y al escuchar de luk la palabra souvenir (la gordi se va soltando con el inglés y yo me congratulo) me dice que después cuando salga le pregunte que me a a dar algo de recuerdo.

 

Me paro en la primera mesa y como curiosamente era de mi antaño juego favorito, el Blackjack y por experiencia suelen cambiar un mínimo de 10 eso hago, me guardo mis 5 coleccionables y me juego los otros. Gano, ya tengo 10, me lo vuelvo a apostar y gano, ya gengo 25 y mi ficha en el bolsillo así que dignamente me retiro dejándole 5 de propina al croupier, con mis 10$ en su sitio, mi ficha de recuerdo y otros 5 pa lo que sea menester. Podría decirse pleno si no fuera porque al salir y despedirme del de la puerta me da mi recuerdo. 5 barajas de las que, una vez usadas lo estipulado, se retiran del casino. Oh yeah!! Ahora sí que podría ser pleno si no fuera porque al salir muertos ya de hambre provocada por la birra anterior y traspasar de nuevo pero ahora en sentido contrario el estadio nos encontramos con un Macro Kirkland donde por 1’5$. Sí, 1,5 te ponen un perrito gigante con todo y bebida con refill. Lo qué? Flor en el culo? Flor en el culo y un poco de pechuga rebozada con papas pa acompañar el auténtico Lucky Combo Strike que no hablo, esta vez, de tabaco.

 

 

 

Ya nos quedaba desde allí volver a cruzar la ciudad sur-norte para hacer las compritas en Gastown y volver por la bahía, esta vez la otra, terminando de rodear asi todo el centro y de camino al hotel ver como es real y asombroso que por dos tercios de birra pagues 17$ (todo el lunch no llegó a 10). Así es la vida. Al hotel parada pa dejar bolsas y terminar el día en el lugar perfecto para ello, donde empezó. En aquella playa de los troncos…. Recuerdas?. Pues esa. En English Bay Beach, ahora repleta hasta las trancas de ambiente, música, espectáculo, buen rollo y todo en honor de una puesta de sol que para nosotros se queda.

 

Todo lo demás, el día después. Hasta entonces

 

 

 

 

Día 1. Aeropuertos

 

Como siempre, con un día de retraso (anoche sufrí los efectos de un día laaaaaaa…espera un momento….aaaaaargo) empiezo el diario de este viaje a la costa oeste de Canada y de vuelta y propina, new york (oh yeah!).

Bueno al lío. Decidimos salir de casa un día antes de nuestro vuelo, a Madrid en coche, noche de hotel y parking hasta la vuelta, con la idea de estar más descansados de cara a una primera jornada, como he dicho, muy larga. A las 6 del día de marras sonó el ring ya que a las 7 nos esperaba el transfer que nos llevaría a Barajas, tomamos antes un café y patapum palante. Facturamos en cuanto abrió la línea y tocaba esperar un par de horas hasta embarcar para Zurich. Dos horas que se alargaron por retrasos debidos a la huelga de controladores franceses y que afectaba a todo vuelo que cruzara su espacio aéreo. No nos disgustó ya que en Suiza tendríamos que esperar 5 horas para que saliera el vuelo a Vancouver y así repartíamos un poco, de paso y en la espera conocimos a la pandilla que va a hacer que vote después de más de 15 años, Pablito y su crew, y a un simpático suizo que volvía al hogar.

 

El vuelo se hizo rápido (lo era) y ya en la ciudad más cara del globo nos dispusimos a buscar qué comer. Al final en un super pillamos un brik de zumo, pan de molde y un poco de fiambre y listo, que sabíamos que en el vuelo transoceánico nos iban a cebar de lo lindo.

 

Nuestro amigo suizo nos había advertido que Edelweiss, la compañía con la que volamos, era bastante buena y así fue. Se agradece ya que en ese momento llevabamos en planta casi 12 horas y aun nos quedaban 11 horas de vuelo.

 

Le digo a Luk, no veo ningún niño en la cola, pues ya verás como si hay alguno nos toca delante o detrás… Llamadme Murphy porque nos toca un bebé de 8 meses que, aunque pataleaba los asientos por momentos, se portó bastante bien para lo que viene siendo edad tan poco formal. No puedo decir que no se me hizo pesado el viaje. Lo fue. Al final las piernas me daban bocaos, pero al menos fue amenizado con un sistema de entretenimiento de pantalla individual y una parrilla de pelis, música, series y juegos bastante amplia. Eso sí, y mira que lo intentamos, nos fue imposible ver una peli entera y es que por más que quiera no soporto verlas con audio latino, que no tengo nada en contra, pero que es insufrible, y, mirusté, no había subtítulos en español (estos suizos…). Total, que entre pitos y flautas y entretenidos mientras sobrevolabamos Groenlandia y el norte glaciar de Canadá, aterrizamos en Vancouver a las 19:00 hora local,

 

pero que para nosotros eran las 4 de la mañanica ¡20 horas seguidas entre aeropuertos y aviones! Paberse matao. Y aun nos quedaba coger el air train hasta el city centre, que el aeropuerto está al sur, en una isla, y ya en el centro tras andar un poco que había obras y cambios en las lineas de bus previsto, coger el que finalmente nos acercó a nuestro hotel, en el west side, lugar elegido por estar casi a la entrada del tan ansiado Stanley Park, de cuya visita hablaré dentro de 2 jornadas.

Huelga decir que llegados al hotel, más viejo que el peneque pero bastante encantador, sobre las 21:30 (en nuestro mundo, a esa hora nos levantamos pal curro) nos derrumbamos en la cama y lo más que nos permitimos fue salir a la calle a echar el último pitillo donde, comprobamos, se notó un descenso importante de la temperatura, cosa a tener en cuenta en lo que nos queda.

 

Una cosa sí que fue afortunada, tal reventón hizo que hiciéramos una noche sin jet lag. O al menos no con demasiado. Ya veremos esta noche (escribo esto el día 2 a las 7 de la tarde) y de momento, me despido.

See U tomorrow!!