Canadá 2017. Día 3. La cabra tira al monte

Hoy ha sido un día tranquilo. Dejamos para esta jornada las visitas a lugares, digamos, algo más alejados del centro y, aunque nuevamente hemos pateado de lo lindo, también hemos hecho buen uso del nuevo pass de 24h que hemos comprao en el metro a eso de las 9:30, con idea de que nos dure hasta que cojamos el 747 camino del aeropuerto donde nos espera el chrysler 200 sedan (que suena mu bien pero vamos, uno de los baratitos).

De qué estaba hablando? Ah, si!. Del monte que da nombre a la ciudad. Mont-real, pronunciados, según nos ilustraron debidamente, MonReal, o incluso mOreal, que eso de monTReal, nos dijeron, era americanismo. Quí lo sa!.

Pa entendernos orográficamente, la ciudad es una especie de arco que se extiende desde abajo del monte hasta el río…no, no creo que me haya hecho entender, pero para eso estarán las fotos. Por detrás del monte también se extiende la ciudad pero entiendo que en origen, como casi todas, ya que el ser humano es el mismo animal en todas partes, la comunidad se formó junto al río y se nutriría de éste y del monte al que vamos subiendo via metro orange+bus 11 que, elegido el sentido correcto gracias a la siempre utilísima anfitriona Elisabeth nos dejó, aunque dudamos un segundo al parar en un mirador, en la siguiente tétrica parada. Cementerio.

La vie..et la mort

Inmenso, y como es costumbre en estos lares, ausente de nichos (aquí el fabricante de lápidas es el que se lo lleva calentito, paradójicamente, tratándose de un trasunto física y metafóricamente mas frío que la medalla de drácula). No anduvimos mucho por el camposanto y encaminamos pies por carriles senderistas sin saber mucho a donde recalaríamos; buscábamos, en nuestro sino turístico, el cambio de rasante que nos abriera visión a la ciudad a nuestros pies. 

Chalet du Mont Royal, señalaba uno de los postes de los caminos. Bastante gente andaba en esa dirección. Tira tira! et oh la la! Ahí estaba, imponente, la ciudad a nuestros pies. Un mirador magnífico coronado por una mansión de época (de la que fuera). Sonaba un piano. Fatal. Tanto por la destreza del intérprete como por la afinación del instrumento. 

Hasta que nos damos cuenta que no es un show, es un piano ahí en medio, un tanto destartalao, para que quien quiera lo toque (tres hemos encontrado así por la ciudad, eso lo plantan en Huelva y en media hora no queda ni una semifusa en el aire). Por supuesto me uní a la amplia lista de despropósitos que aporreamos 4 notas. Aun alguna virtuosa sacó arte de la versión de la guitarra del niño migué en sus malos tiempos, en piano. Esto lo entenderán 3 gatos, tantos como cuerdas tenía tal guitarra.

Montreal, montreal, que te pierdes Alesín. Disfrutamos de unas hermosas vistas y seguimos recorriendo el monte hasta la croix, la cruz. Que como dijo Luk recordaba a la de santa bárbara de riotinto, de las que se encienden por la nuit. Un buen paseo y de nuevo a buscar un bus para nuestra siguiente parada. El Oratorio de Saint Joseph. 

Ya eso, aunque impresiona, te mete un plus de esfuerzo en el tren inferior ya de por sí castigado que te dan ganas de renunciar a mitad de camino pero de guiris está lleno el mundo…colaboremos. No entramos, una vez hecho el esfuerzo peregrino, al interior de la basílica, porque era día de graduación del Colegio de Notre Dame y se ve que han de ser VIP, porque la hacían allí, qué nivel maribel, así que estaba vetado al curiosón, pero vamos, así metiendo cuello tampoco impresionaba. Never hay que olvidar que a este lado del charco cualquier esfuerzo arquitectónico o interiorista llamemos…clásico, es cartón piedra comparao con lo que en europa se coció hace siglos. Como una paella de arroz brillante….no es lo mismo.

Trés bien. Mañana completita y los membrillos, aprovechando que están por la periferia, por llamarlo de algún modo, y que en el centro por más que han buscao no encontraron un super donde adquirir producto local, aprovechamos y pillamos unos dulces para merendar y desayunar el postrero día, a la sazón despedida de la ciudad.

Volvimos, como no, a comer a nuestro mágico rincón de comida internacional para triunfar como Blas en un oriental con deliciosos tallarines, arroces y otros elementos propios de aquella parte añorada de la tierra.

Siesta al Visitel (nombre de nuestro hotel, del que hemos quedado enormemente satisfechos. Muy recomendable) 

y última y rápida escapada para conocer y pasear por la zona olímpica. Un tanto abandonada y solitaria, como la Expo, pero impresionante en lo arquitectónico. Se iba acabando nuestro idilio con este París a la canadiense 

y volvimos por última vez a la habitación para preparativos de la jornada siguiente. Rumbo a Quebec.

Pero eso es mañana, que es hoy que escribo esto ya, como carrascal, al filo de la media noche, en una jornada épica que comprenderá el próximo capítulo.

..no se me ha colao esta foto, es un cliffhanger en toda regla para la próxima entrada…

A bientot!.

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