Día 9. De Cazatesoros a Me llamo Earl

 

 

Los 3 días que pasamos como cabras montesas finalizaron de la forma que se me antoja más puramente canadiense que pudiera imaginarse.

Teníamos reservado un B&B en un pueblecito llamado Valemount, y lo que nos encontramos al llegar fue auténtico como poco. Lamentablemente no hay muchas fotos de los momentos vividos pero intentaré, y más porque no es el día que viene especialmente reseñable, describir detalladamente.

 

Y empiezo por el pueblo. En esas zonas rurales los pueblos no son para nada como los nuestros, son tal y como se ven en las pelis donde desaparecen niñas, descuartizan a la gente y el domingo van a misa todos de limpio. Llegas y hay una calle perpendicular a la carretera con unos cuantos comercios, tal vez una gasolinera, y casas desperdigadas cada cual con su vallita de madera, sus flores, su leñera hasta las trancas y sus varios graneros o cobertizos llenos de cachivaches de los que Sheldon and Scott, los cazatesoros de Calgary, buscan y compran a matrimonios joviales.

 

 

Así era nuestro “hotel” y nos recibió al llegar el bueno de Maurice, tumbado en su mecedora dormitando la tarde, nos recibió con una más que amplia sonrisa y se unió desde dentro de la casa Sylvia, su mujer para enseñarnos una de las 3 habitaciones que tenía el alojamiento, la nuestra. Parecía la habitación a la que vuelve el de la peli en vacaciones de su universidad americana hasta su casa familiar en minnesotta. Después charlamos un rato (realmente eran de conversación) mientras nos preguntaban que a qué hora queríamos desayunar, ya que Maurice nos preparaba los huevos, el bacon, las salchichas, etc… en el momento. Mejor imposible. Un día con nuestros tíos del campo que a tenor de los teclados con partituras de piezas de misa y el rótulo en madera sobre la salita de estar “All we are childrens of God” parecía sugerir que eran los que “controlaban” una de las 6 o 7 iglesias que había en el minúsculo pueblo.

 

Los dejamos tras acomodarnos y fuimos a comer algo al, llamemos, “centro”, encontrando un extraño restaurante de comida china y del oeste donde optamos por el eclepticismo de una ensalada césar y un sandwich club. Inmenso como casi todo allí.

 

Volvimos cayendo la tarde y los amigos nos dicen que, ya que esa jornada coincidía, 1 de Julio, con el día nacional, sobre las 10:30 habría fuegos artificiales y que desde el porche podríamos verlos. Pensábamos que estaríamos fritos a esa hora pero al primer Pum!! salimos y, de verdad, no os podéis imaginar la sensación de estar en un porche con su mecedora mirando un cielo matizado en mil colores de un sol que se acaba de poner tras la secuencia formada por la hierba, y tras ella la valla, y tras ella el camino, y tras él los árboles, y tras ellos las montañas y entre medio unos humildes fuegos engrandecidos por el eco de Robson Mountain y sus amigas aun tachonadas de nieve, con el olor de la pólvora quemada y miro a mi izquierda y pienso de qué marca será el coche cuya capota asoma enterrada en la hierba a modo de entrada a un bunker. Podríamos habernos quedado a dormir ahí mismo si no fuera porque la diferencia de temperatura entre el día y la noche y la cama king size nos atrajeron a cerrar los ojos para, puntuales por ser consecuentes con nuestro cocinero, disfrutar a la mañana siguiente de un suculento breakfast y ser despedidos con un God bless you por nuestros anfitriones para el último gran trayecto en coche hasta Langley city, lugar pionero por ser puesto de avanzadilla para tratos con los nativos (de hecho todo el camino era por reservas nativas) al estilo de Bailando con Lobos pero que para nosotros no era más que un Motel al más puro Earl and Randy’s home donde entre gente y bigotes de lo más variopinto y encafeinarnos con esa sana costumbre canadiense del café de cortesía a discrección, dormimos una muy corta noche y tras un buen desayuno hicimos los últimos 60 kms hasta el Vancouver International Airport para entregar el coche, pasar 10.000 controles por aquello de digirirnos a suelo Americano y escribir esto mientras esperamos un avión que sale con retraso porque nuestro vuelo va a un aeropuerto ahora pseudocolapsado por rayos, truenos, tornados cercanos y una tormenta llamada Arturo que está en Carolina del Norte y va parriba con rápidez, qué divertido y americano todo!…..ejemmmm.

 

Nos vemos en Manhattan, o en las noticias. 😉

 

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