De mirar sin verte

“Amargura Bendita, con amor”, lucía la firma de aquella foto que Benito enseñaba a todos sus nuevos clientes de cuando pasó por la taberna la coplera, ya entonces, venida a menos.

– Se tomó un Gin Tonic! –añadía siempre- cuando las mujeres ni bebían ni ná de ná!.

Se quedaba extasiado por unos momentos, como si en las telarañas del techo hubiera tetas en movimiento y de repente salía de la modorra y exclamaba:

– Qué mujer!

Entonces, devolvía con mimo de padre primerizo la foto al segundo cajón y todos los presentes se mordían la lengua o sonreían por debajo del bigote.

Amargura Bendita, que emprendió viaje a “hacerse las américas” ya que en las españas no había lugar para una coplera ciega, y fea. Tampoco triunfó allende los mares, y Benito cuenta que murió en Puerto Rico sola, sin más hombre que la noche que se hicieron un ovillo en la trastienda, después del Gin Tonic y antes de dedicarle la foto.

Las cartas de amor y matrimonio las guarda en el primero, bajo llave. Pero esas solo las saca a los viejos amigos. Al calor del Oporto.

Dulce, por supuesto.

“Yo no quiero flores, dinero, ni palmas,

quiero que me dejen llorar tus pesares

y estar a tu vera, cariño del alma,

bebiéndome el llanto de tus soleares.

 

¡Ay, pena, penita, pena -pena-,

pena de mi corazón,

que me corre por las venas -pena-

con la fuerza de un ciclón!”

 

A.Alés

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