Día 12. Parte 2. Efectos secundarios.

Nos quedamos pedaleando por el valle hasta Yosemite Fall. Algún bambi que otro nos salió al encuentro. No tan abundantes como las ardillas, pero había bastantes por la zona y sin reparo alguno por la presencia humana. Supongo estaban acostumbrados a que algunos con un mal exceso de cariño les dieran de comer, cosa totalmente desaconsejable.
Finalmente llegamos hasta el punto en que hay que dejar las bicis y andar, hasta abajo de la cascada. No exactamente abajo, pues para ello había que escalar un sendero y nosotros optamos por seguir descubriendo el valle antes de que llegara la hora de dejar las bicis, pero hubiera sido genial (más aun tomar otro más largo que te lleva a upper fall ya que la caída en realidad son dos, que hace paradinha en medio, en las fotos se puede apreciar). En fin, seguimos camino tras reponer agua en unos servicios bajo la mirada de un ranger al que, paleto de mí, pregunté “can I drink this water?” contestó “sure” pero por su mirada primera quise leerle en la mente ” are U an idiot? Can’t be better water as that one!”. Hecho lo cual cruzamos a la otra vertiente entrando en un prado que, de sufrir el síndrome de Stendhal nos hubiera dejado patas arriba. Indescriptible, no superado ni por el barrio de los teletubbies. Nos quedamos un rato disfrutando, sin pasar por el tunel con el peaje más caro que existe, del cielo (heaven, que no sky). Y seguimos disfrutando del camino, tras haber posado de modelos para algún que otro fotógrafo que creyó ver en nosotros el complemento perfecto para un paisaje (será por contraste, digo yo).
Y así llegamos a la zona, llamemos, común, donde dejamos las bicis y nos sentamos en una mecedora a aprovechar el wifi que había allí (era una cabaña a modo de lugar de reposo y encuentro) y a pasar fotos hecho lo cual y como se oscurecía nos fuimos a nuestra zona de tiendas adivinando una ligera bajada de temperatura.
Ya noche cerrada salimos con la linterna, en un mágico momento, a fumar un pitillo, cruzándonos con algunas otras. Parecía, o a mí me sugurió, un hermoso pasaje del Hobbit pero, mientras que a ellos finalmente les atacaron arañas, sobre nosotros se cernía un enemigo mayor.
El frío.
Sintiendo un cambio cada vez más acusado de temperatura volvimos a la cabaña y pusimos las dos mantas, que antes creímos, en nuestra bendita ignorancia, innecesarias, y nos acostamos creyendo que no iría a más porque, en verdad, no estábamos preparados.
Yo que tengo mayor capa protectora, ejem, dormí hasta las 4. Luk según me dijo se despertó a las 12. El frío, húmedo además, como sabrá todo el que ha pernoctado bajo tela campañil, se nos metió hasta los huesos. Entumecidos por la inmovilidad, ya que el movimiento hacía perder el poco calor acumulado, solo pensábamos en que saliera el sol para salir pitando leches. En fin. No volverá a ocurrir.
Por la mañana no teníamos cuerpo ni para ir a las duchas así que nos montamos en el coche, pusimos a tope la calefacción y salimos rumbo a nuestro siguiente destino pero… Qué digo!, con el frío no me dí cuenta que eso es otro día, ergo, toca esperar. Eso sí, en la sala de esperas hay, mejor que revistas de cotilleos, fotos del otro lado del charco

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