El disfraz

Hay muchos tipos de disfraces. Mi primer “disfraz” fue una
máscara que olía a cartón, goma y chucherías. Venía en un sobre sorpresa negro,
como bolsa de basura, con 2 grapas y contenía 2 petardos minúsculos, de los que
ya prepúber podía explotar sin soltarlos de la mano, hacían peet! y quedabas
como un machote de 12 años. Pero por aquel entonces no, a mis 7 años esos 2
petardos, rojos, eran una experiencia religiosa, con su inevitable olor a
fósforo de cera, que alguien siempre tenía, (una caja de cerillas era un objeto
maravilloso creado por Dios para habitar en el fondo del bolsillo de un niño
que, como todos en aquella época, se sabía explorador).

Contenía el sobre, (que así se llamaba aunque ya dije que
era una bolsa) además de los petardos, un dulce que ahora se llama nube pero en
aquel entonces tenía otro nombre, que se fue borrando letra a letra con los
años que he vivido. Rosa, eternamente blando y sabroso, que quemábamos poco a
poco para saborearlo tostado (quien tenía cerillas era, nuevamente, campeón de
campeones). Se decía que si lo comías te podía dar cáncer… en aquel momento
Cáncer era a nuestros ojos morirse de viejo, algo lejano, cotidiano y desde
luego poco susceptible de provocar miedo. Salvo al Quiqui, que perdió a su
madre por esa cosa de nombre raro. Ya no comía esoqueahorallamannubes quemadas,
no por tener conciencia, sino porque se hizo mayor antes de tiempo.

Había algo relacionado con Flash Gordon, pero no recuerdo ya
qué era ¿un chicle?… recordaría el sabor, como el ácido de los Cheiv o el
dolorosamente dulce de los Bang Bang… no, no era un chicle. Probablemente fuera
el líquido helado que llamábamos Flash o, los más finolis (el término “pijo” no
existía por entonces) Flasgolosina… Si, era eso. Ahora recuerdo que, como venía
en el sobre sorpresa, no estaba congelado y así era mejor, porque el congelado
siempre esperábamos ansiosos apretándolo con furia a que se deshiciera para
sorberlo líquido, pintándonos los labios y lengua como testimonio irremisible
del sabor al que cada uno era aficionado, los congelados, o al que tocara en
gracia en el, negro como bolsa de basura, sobre sorpresa.

Seguramente habría algún caramelo, o piruleta, en el sobre.
Seguramente habría sido el último de los tesoros en degustar y, seguramente, en
muchos casos se habría deshecho en algún bolsillo bajo el calor del barrio y
nuestras madres, afanosas (tan jóvenes mirando desde ahora, pero tan mayores
que nos parecían entonces) habrían tenido que arrancar con agua caliente o
algún otro secreto de la abuela o la vecina de turno.. (vuelvo a pensar en la
madre del Quiqui, que murió “de vieja” en la flor de la vida).

Y la máscara,  bueno,
el antifaz, el disfraz. Que olía a pólvora, nube…..no!¡ya
recuerdo!…Esponjita!… eso…así se llamaba… y olía a plástico también. Era
azul, rojo y blanco. Algo como de Capitán América. Era emocionante porque nunca
antes había aparecido un antifaz en un sobre sorpresa. Yo pensaba que era algo
muy caro para que viniera en un sobre sorpresa de 5 pesetas. Me pasé toda la
tarde con él, sintiendo en mi olfato el cartón, tocando la fina gomilla blanca
que parecía tan débil y pensando que quizá, si se estiraba mucho, se podría
partir el pequeño agujerito en cada lateral del cartón, donde se anudaba. Fue
un tesoro, que ningún otro niño, aun ante mi natural pusilánime, se atrevió a
arrebatarme porque yo era de los afortunados que “tenía hermano”. Aquella noche
dormí con mi disfraz. Porque yo, no era yo con el antifaz. Tenía poderes, podía
ser mejor de lo que era, más fuete, más chulo, más guapo, más atrevido. Podía
volar, seguro, si descubría la forma, el truco, la clave secreta que, junto al
antifaz, necesitaba para hacerlo (dar una carrera y saltar con el pié
izquierdo, por ejemplo…. Mañana empezaría a probar la fórmula). Soñé, con los
lugares que visitaría en mi vuelo por el barrio (que era mi ciudad, mi mundo
conocido) y, como no, ja! Iría a la ventana de Luisa, se moriría de
admiración…sería…sería. .

Padre, mientras, y yo sin saberlo, había repasado por última
vez las cuentas. Los números no salían. Nunca salían. Miraba a mamá con
tristeza.

-El negocio irá mejor, ya estoy pensando en algo nuevo,
venderé canicas, y peonzas. En el centro he visto quioscos donde las venden, y
se ven muy prósperos. Ya verás, todo irá mejor.

-¿Quieres cenar, hay arroz blanco y aun queda un huevo,
puedo freirlo

–No, Margui, terminaré de grapar estas bolsitas y me iré a
dormir, descansa que voy pronto.

-¿Has visto a Toño?, está encantado con el antifaz, lo vi
por la ventana haciendo que volaba, y los demás niños se lo pedían para verlo…
le has hecho un gran regalo.

-Bueno, mañana habrá uno en cada bolsita, pero hoy, hoy era
su cumpleaños, ojalá pudiéramos regalar….

– No digas eso, estoy segura de que lo recordará toda su
vida, ya verás…

 

ya verás…

  A.Alés

A mis queridos padres, con todo mi amor aunque las cosas se
disfracen de fantasía.

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