La letra

He conocido a todo tipo de personas. Pero he de reconocer
que siempre me han interesado especialmente las, valga la redundancia,
interesantes….digamos, intelectualmente.

En mis múltiples viajes buscando la verdad del mundo humano,
desde que tiempo, mucho tiempo atrás leyera a GOG, el cínico, el maldito
semi-Dios de Papini… siempre he querido conocer, a veces con relamido placer, y
otras con grandísima decepción a personas que gustaran, sobre todo de la letra.
Transmisores. (Entendidos, que les llaman).

Ya en ocasiones hablé sobre Juan Ramón, el Moguereño, y
tiempo atrás terminé, sin haberlo contado del todo, conociendo a un tal Albert,
el Físico. Y, hasta a Popper tuve la suerte de verle comer castañas
en almíbar, mientras descartaba, poseído por su propia mente, las que no quería
hasta quedarse con su perfecta – ¿no era más sencillo coger del plato las
deseadas?…-  le pregunté al bueno de
Karl….

Me miró, como el viejito que ve a la enfermera tetona que
intenta darle el Sintrom, y respondió… – “así es más lógico”… mientras seguía
picando y soltando al suelo una por una mientras observaba como quien le va la
vida en ello.

Me fijé, no pude evitarlo, en la joven que sirvió y recogió el
ostentoso plato y a continuación decantó un extraño licor purpúreo pero, contra
todo pronóstico, de una suavidad lasciva. Extrañado, pregunté…

-De Zanzíbar – contestó sin haber pronunciado mi pregunta –
este licor Tanzano me lo proporciona mi buen amigo Sir Arthur Mooring,
administrador de las islas…

-¿La joven, también…?

– Sí, querido amigo. Es un regalo que vino en el primer
cargamento.

– Pero,… tenía entendido que desde Hamoud ben Mohammed ya no
hay esclavitud en Tanzania…

– Zanzíbar, mi querido Alés. Aún hay dos mundos. Para ti es
Tanzania, y un lugar de paz y arena. Pero aún existe Zanzíbar, la que no se
escribe, la que no se cuenta, la que hace que disfrutes de ese licor hecho a
sangre y nuez moscada…

Escupí, horrorizado y, mientras la brillante joven oscura y
sumisa recogía los restos de mi decepción el montruoso Karl Popper hacía
gestos, con una palma extendida y la otra mano picando y soltando, picando y
soltando, enseñándome en su mezquina senectud el secreto de su filosofía.
Finalmente apretó su puño contra la palma, lento, pero con energía y mientras sonreía
sus ojos vidriosos me señalaban la espalda de la joven. Descubierta…

-Las únicas letras que debe saber están ahí.

K.P. grabadas a fuego, marcando por siempre su vida, su
espíritu, su mente…… Respiré profundo.

…El resto de la historia se queda conmigo y aquí, un pesado
candelabro en mi mano y la joven junto a la otra. Delante, Karl Popper, al fondo, un
calendario marcando 17 de Septiembre. Corre el año 1994.
A.Alés

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