La música

-“Se te ha concedido el poder de cumplir cualquier deseo”   – Sonó una voz en mi cabeza aquella noche calurosa donde ni el ventilador que giraba sobre la cama (hasta entonces buena compra, pardiez) consolaba un sueño sudoroso y perturbador.
-“Se te ha concedido el poder de cumplir cualquier deseo” – Repitió, y en ese momento ya más despierto que dormido alcancé a entender lo que estaba escuchando y, perplejo, me quedé quieto, inmuto, fantaseando con que la voz oída era cierta y realmente algún misterioso ser o fuerza o energía le había dado por elegirme entre millones y millones de piltrafillas que, desde niños y en noches plácidas habían fantaseado con el don de la omnipotencia para, según la etapa de la criatura, dar una lección al fanfarrón de turno, decir aquella contestación a la profesora de las gafas que te dejó en ridículo y mudo al alimón y no fue hasta un par de horas después cuando encontraste aquella respuesta que la hubiera convertido en un hazmerreír o, las fantasías donde parabas el tiempo y levantabas faldas a diestro y siniestro viendo qué se ocultaba bajo ellas, incluyendo la de la profesora de las gafas.

Las fantasías, ya más mayorcito se centraban en convertirte en la estrella de tu equipo de tu alma, y debutabas en primera marcando nueve goles de exquisita factura, sabiendo que debías fallar algunos pases para que no se notara que había magia en el asunto…

Todas esas fantasías se me pasaron por la mente cuando, por tercera vez y ya completamente despierto oí –“Se te ha concedido el poder de cumplir cualquier deseo”. Así que sin mover siquiera un músculo del cuello, y sabiendo de la inocencia de esa, aun en solitario, ridícula situación en la que me creía mis propias fantasías, deseé disponer ipso facto de una peonza en mi mano vacía, a modo de prueba y en claro homenaje a la que siempre fue mi primera y más tierna fantasía de omnipotencia, la mejor peonza del patio.

Perdí la compostura y la tensión yugular cuando tras el nanosegundo del viaje de mis pestañas arriba-abajo-arriba ahí había una hermosa peonza, que olía a madera fresca, pesaba, y sonaba a peonza cuando la tiré contra la puerta del armario empotrado en un arranque de euforia…

Me tumbé de nuevo con el corazón por bulerías y me dije, -bueno quillo, amo a por er premio gordo – y, cerrando los ojos me concentré en mi mayor fantasía de adulto, la que me duerme cuando me cuesta conciliar el sueño, la que me cautiva hasta lo enfermizo.

Retroceder en el tiempo. Retroceder al siglo de las luces…no, a la baja edad media y afinar mi batuta y, plagiando a los grandes músicos de nuestro tiempo llevar al pasado sonidos, ritmos, melodías, instrumentos nuevos… Al principio enmudecerían, ¿estaría la sociedad preparada para una música que no es de su tiempo?… tenía que probarlo… empezarían a imitarme… cambiaría la historia!!!.. algunos pensarían que era cosa de Mefistófeles, seguro…la iglesia intentaría acabar conmigo….mmm – bien, quillo, hace años que resolviste ese dilema, no tienes más que desear primero ser intocable, indestructible…. Pero antes… puestos a pedir deseos…… ¿cómo serían las braguitas de la de mates, la de las gafas?… mmm… por pedir…..

Alcancé a ver un encaje color canela cuando atronó la voz –“Deseos, deseos, ya no hay nadaaa”y un PIIIIIIIIIIIIIIIII Son las 7 de la Mañana. Hoy por hoy, con “Carlas” Francino… y ya salvé por instinto el codazo de Marisa que me suelta si no lo apago pronto…. Pero seguía sonando “El deseoooooo, ya no hay nadaaaa” y luego un tirón en las orejas y Marisa con su humor mañanero – Ya te has vuelto a dormir con el MP3 de los cojones, te vas a volver loco, ¿no ves que no es bueno dormir con tantos mensajes entrando en el coco?….

….mierda de vida. Mierda de sueños. Y ya me voy a la ducha cuando oigo a Marisa levantarse y gritar. AYYYYYYYY mi pié, qué dolor,… de donde coño ha salido esta peonza!!

…y cerré los ojos, y sonreí, esperando que llegara la siguiente noche…… Y afinando mi batuta.

A.Alés

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