La fiesta

Ya la calle está repleta. Vino a raudales, risas, sonrisas y risotadas. Hoy hasta los niños, en bandadas de a cuatro, hacen sus travesuras sin recibir reprimendas. Uno enciende un petardo, junto a su padre, de tamaño industrial (el petardo, no el padre). La explosión enciende aún más a la gente que aplaude. Las mujeres, hoy sin delantal, se palmean los muslos y enseñan los blancos y generosos dientes en esa cara rosa de sol y vino, el pelo recogido, por costumbre, pero con una flor o aquella pinza que la nena trajo de la ciudad.

Esperan a la banda que ya se oye. El novillo ya hizo su trabajo en la plaza y hasta los magullados ríen, orgullosos ante sus hembras, bajo sus cuidados. Con el mayordomo al frente avanza esa banda que, con algunos miembros bajo el influjo del gentil Dioniso, desafina con maestría y a nadie le importa. Demuestran que están todos juntos.

Ya en la rápidamente reconvertida de coso a escenario. En esa plaza que ha visto crecer generaciones de vecinos se toca el chocolatero, como no, que preludia el discurso del señor alcalde, visiblemente emocionado y sincero. Nunca como hoy son todos uno, el pueblo grita con las últimas palabras vítores, oles y entre abrazos y besos se van recogiendo los hombres al casino, las mujeres con los niños a su casapuerta y los pocos jóvenes van rumiando planes camino del cerro.

………………

Nunca se repuso de aquel embarazo. Malo desde de la raíz. Muy niña era, decían. Y él muy hombre. Pero el amor no conoce más freno que la guadaña y ni siquiera sus padres se extrañaron cuando la trajo a casa. Se encariñaron con ella y no hacía falta mucho. No hubo un alma más buena ni en la casa ni en el pueblo. Nunca. Ellos vieron como el amor, ese que se sueña, tiene figura, tiene voz, y cara. Bruno y Adelita eran la cara.

La cruz, la cama. Adela lloraba. Llevaba 3 interminables días llorando, el dolor la consumía y quería arrancar de su vientre aquel fuego. Bruno no lloraba, no podía. Los viejos lo hacía por él. La casa era una tumba. Con su ruda mano agarraba el débil tallo de Adelita, su Adelita. Ella le quiso decir algo pero un sonoro estruendo apagó su voz y su llanto. Y en su mente oía aplausos como los que sonaron el día de su boda. Frescos y sinceros.

Ya no pudo repetirlo, lo intentó, quiso decírselo pero oía una música, la música se le acercaba como invitándola a rendirse, a huir con sus notas hacia arriba, unas notas que, como su corazón, iban desafinando, perdían sus sustancia. Se miraron. Tan profundamente que miraban almas.

Tras la puerta, la silueta de los viejos, abrazados y mustios, se confundía con el cuadro del salón.

Tras la ventana, el alcalde grita sus últimas palabras.

En una cama, la niña, la mujer, se entrega suavemente y unos ojos se cierran para siempre.

Todos se abrazan

Bruno se arrima a la ventana y para no ver su reflejo, el de un hombre que empieza a morir, dirige su mirada a unos jóvenes que, parece, van rumiando planes camino del cerro.

A.Alés

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