El tren

Cuando mi familia nos trasladamos a Huelva, tras la debacle de Expo 92, Crisis 93 y el aluvión de cierres empresariales, suspensiones de pagos y despidos colectivos, dejé atrás a muchos y buenos amigos.

 

Tenía una edad propicia para ello. 18 años. Tenía una relación que se rompió unos meses antes previendo el traslado que, en esos momentos se antojaba insalvable, y ahora con treintaitantos parece ridícula la separación de 90 kilómetros entre Sevilla y Huelva.

 

Pero antes no, antes, cuando el amor de juventud te obligaba a permanecer horas y horas diariamente pupila con pupila, labio con labio y no juntaré otras cosas porque catolicismo ortodoxo gozaba del favor de la, otrora contraria, y no importaba, sí que lo hacía esos 90 kilómetros cuando uno era un niñato sin carnet ni coche, enfrascado en una carrera universitaria recién iniciada y que se iba a vivir a la playa, porque se supone que la ciudad de Huelva no merecía la pena pero uno sospechaba ya entonces que en la playa los pisos eran más baratos que en la ciudad.

 

Así, olvidado del mundo y empezando a conocer a un H. Hesse que, recostado sobre las barcas boca abajo en la arena blanca de la costa, que llaman, de la luz, con todo mérito, no se antojaba tan oscuro e inescrutable como parecía e incluso decía cosas con mucho sentido y llenaban mis horas de tarde… hasta que llegaba el fin de semana.

 

Entonces, todo volvía a ser como antes. Cogía la “camioneta” que en Huelva llaman al Autocar y me trasladaba a la capital, para coger el tren… ese tren regional de asientos duros, hilo musical y 7 paradas milimetradas. Ese tren que me trasportaba, bajo el influjo de mi walkman del continente, a mi Sevilla natal, a mi tierra, a mi barrio, a esa casa vacía ahora y sin luz donde, tras haber pasado por el supermercado mercalimón y comprado el paquete de bimbo, las 10 rebanadas de mortadela y el paquete doble de queso en lonchas, elaboraba el alimento del que gozaría ese fin de semana.

 

Cuando acababa, me despedía de mis amigos, que ya me llamaban el “choquero”, me despedía de mi barrio y volvía a coger ese regional, esta vez más taciturno, pensando en el examen de derecho penal, o en el trabajo de civil.

 

He de decir que el tren y yo nos hicimos amigos, nos conocíamos muy bien y ya sabía, aun bajo los acordes de Guns´n´Roses qué pieza tocaba la imitación sintética de Richard Clyderman en el hilo musical, cuándo, mirando al reloj, sabía que paraba en “Ding dong ping – próxima parada, Pilas – Carrión – Ding dong ping”, y hasta conocía las caras de los que, como yo, tenían la rutina como parte de ese fin de semana y también habitaban ese tren…

 

…hasta que vi aquella cara, nueva, extraña y fascinante. Ese pelo rizado a dolor, ese cuerpo delgaducho, esas pecas y esos palos extraños a la espalda… ahora se ven muchos, les llaman hipilones, alternativos, pero entonces era raro, no había niños de papá disfrazados y se les notaba libres, sin complejos. Uno, que venía de barrio obrero y aun se extrañaba de tanto facha por metro cuadrado en esa nueva ciudad Onubense, no tuvo más que mirar, mirar y esa criatura sonrió y me hizo sonreir, y se sentó en frente mía, y me explicó que se llamaban malabares y yo dije que si como en el circo y ella rió como rien los niños y me habló, como hablaba aquel que empezaba a leer recostado en las barcas boca abajo y no fue oscuro, sino luminoso, y hasta cantamos juntos bajo la mirada de los otros pasajeros, y me enseñó por primera vez una “piedra” y comimos juntos sándwiches de mortadela y lonchas de queso y dormimos juntos en aquella casa sin luz y tuve mi primera eyaculación precoz junto a mi primer polvo y, podría terminar este relato con un más que estimulante… y hoy sigue a mi lado haciéndome reir y paseando al churumbel pecoso…. Pero no. Aquel domingo volví a coger el tren, de vuelta a casa, mientras ella siguió vete a saber a donde. Pero aquel día no pensé en exámenes de penal, sino en una carita pecosa que, como aquel de la barca boca abajo, me hizo adulto despertando mi alma de niño.

A.Alés

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5 pensamientos en “El tren

  1. Este space se está convirtiendo en un espejo al que me encanta asomarme de vez en cuando, espero que el reflejo que leo frente a mí sea el de esa persona a la que un día conocí y a la que nunca le faltarán las palabras para dejarme disfrutar de ellas. Un besito. Nos vemos tras estas y otras líneas.

  2. Me alegra de que encuentres algo de disfrute por estas lindes.Y recuerda, nada es verdad ni mentira, todo es según el cristal con que se mira.

  3.  
    ai que cosas dices. despertando tu alma de niño…dime, necesito saber,,esa alma aún está? qué la pone en pie? qué la tumba? se puede tocar??..están a extinguir, y tengo mono. Dámela.

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